Amparo Olivares

La casa de la olivera

Este libro entrelaza historias anónimas pero intensas, ambientadas en la época actual y durante el reinado de Jaime I, alrededor de la Casa de la Olivera, un palacio que ha sido testigo de múltiples vivencias.

HUGO FERNÁNDEZ

Hugo Fernández se quito las gafas y se flotó con los dedos la comisura de los ojos. Llevaba más de dos horas leyendo sin parar y se encontraba fatigado, hasta el punto de que las letras se le amontonaban y confundía unas frases con otras. Había llegado el momento de tomarse un respiro. Se recostó en el sillón y miró las muchas obras que se habían presentado al concurso literario que cada año organizaba su ciudad, el número de participantes había aumentado considerablemente. Todos aquellos desconocidos autores habían puesto la ilusión en que cada uno de aquellos relatos, siempre con la esperanza de que el jurado pudiese apreciar y valorar sus inquietudes literarias.

Hugo Fernández desde hacía muchos años era miembro del jurado que tenía que valorar cada uno de aquellos trabajos. A petición propia, era el encargado de examinar aquellos manuscritos, seleccionado los que consideraba que eran merecedores de pasar a la siguiente fase eliminatoria, cosa que ya harían los demás miembros del jurado. Y desechando los que a su juicio no merecían tal consideración. Su trabajo requería muchas horas de dedicación, ya que cada obra contaba con un mínimo de cincuenta folios. Sin embargo, era él quien insistía en querer leerlas todas. Cosa que le valía el reconocimiento y la admiración de toda la organización.

Hugo Fernández era un reconocido escritor tanto en el ámbito nacional como internacional; ganador de varios premios literarios, sus novelas tenían un nutrido número de seguidores. Era por lo que los habitantes de su ciudad le admiraban y en cada coloquio lo ponían como un ejemplo a seguir. Según sus paisanos, un hombre que gozaba de tanta fama literaria, y por consiguiente, necesita mucho tiempo para escribir, no dudaba en restarles horas al sueño y año tras año hacer de jurado.

-¡Qué gran hombre es Hugo! – Escuchaba exclamar a su paso –Una persona de tanto prestigio y que no dude en prestar este servicio al pueblo, ofreciéndose cada año como jurado. –

-Desde luego, – contestaba Leopoldo, uno de los componentes del jurado- otro en su lugar y con menos fama que él no lo haría. Y es que como Hugo hay muy pocos, es tan sencillo y buena persona.

-Y mira siempre por el bien de nuestro pueblo, – afirmaba Carmen- él opina que estos premios literarios dan mucho prestigio a la ciudad y no duda en colaborar.

-Lo que digo, que como él quedan muy pocos. -Reafirmaba Leopoldo- por no decir que ninguno.

Hugo Fernández se complacía al escuchar todos aquellos comentarios, además de necesitarlos, pues era el alimento que precisaba para poder seguir escribiendo. Está admiración que despertaba entre sus vecinos, hacía que no le importase perder las horas que fuesen necesarias con tal de contribuir al prestigio del pueblo que lo había visto nacer. Miró las obras que ya había leído y que las tenía clasificadas en dos apartados. Cuando hubiese concluido el trabajo de selección, unas las entregaría a los demás miembros del jurado y las otras las desecharía por su mala calidad literaria. Observó de nuevo los trabajos amontonados sobre la mesa del escritorio, montones de cuartillas que encerraban dramas, vivencias, humor, pero si en algo coincidían todos aquellos relatos era que estaban escritos con el corazón. Aquellos papeles blancos emborronados con letras negras, bien trazadas, sin salirse un milímetro de lo que exigían las bases del concurso, encerraban el esfuerzo colectivo de cientos de personas, cuyo finalizada era cautivar al jurado y poder ver algún día sus obras publicadas.

Hugo Fernández llegaba a comprenderles muy bien, de hecho, y a pesar de sus largos años de experiencia, todavía le asombraban la calidad de muchos de aquellos trabajos. Esto hacía que llegase a la conclusión, de que no siempre alcanzan la fama los mejores, sino que la mayoría de las veces, también juega la suerte, o para ser más exacto, las personas en las que te puedas tropezar a lo largo de la vida y que pueden ser decisivas en ayudarte a dar los pasos precisos en el tortuoso camino de las artes. Él sabía por experiencia, que cuando se tiene la suerte de tropezar con un premio, la prensa te sigue a todas partes y en un solo día pasas de ser un completo desconocido a que tu rostro se haga visible en todos los medios de comunicación. Y de ahí a la fama solo hay un paso. Se levantó del sillón y salió al jardín de la casa, el crepúsculo palidecía y el campo se replegaba de esa calma que antecede a la noche. La temperatura era tan agradable que Hugo Fernández decidió dar un paseo antes de cenar, después terminaría de leer las pocas obras que le quedaban. Aquel año se había entretenido más de lo habitual y al día siguiente debía de entregar los trabajos seleccionados a sus compañeros para la siguiente eliminatoria.

Hugo Fernández aquella noche se acostó bien entrada la madrugada, pero estaba contento, había conseguido hacer un buen trabajo de selección. Al día siguiente metió las obras clasificadas dentro de una bolsa reciclada y se las llevó a los demás miembros de jurado, que se encargarían de hacer las siguientes eliminatorias, hasta que tan solo quedasen los dos finalistas y de ellos saldría el ganador.

-¿Cuantas obras se han presentado este año? – preguntó Carmen.

– Más de doscientas. –contestó Hugo complacido.

-¿Y has tenido que leértelas tú solo? Cuanto trabajo Hugo, deberías dejar que te ayudásemos, tú corres siempre con la peor parte.

-Va, lo hago con gusto, no tenéis porque preocuparos.- contestó restándole importancia.

-¿Cuantas obras has desechado en esta primera eliminatoria? – preguntó Leopoldo.

-Alrededor de cincuenta, su calidad era tan mala y sus argumentos tan poco convincentes que no había la menor duda de que no merecían pasar a la siguiente fase.

– Eres un hombre especial, yo no podría leerme tantos trabajos, algunos son tan aburridos que no llego ni a la mitad. Los que no me gustan enseguida los desecho.

-Tampoco hay que actuar de esa manera, -contestó Hugo Fernández.- Pensar que todas esas personas han escrito con la ilusión puesta en cada una de las líneas y aunque algunas obras al principio pueden no gustarnos, según vas avanzando, en muchos de los casos, te llegan a sorprender sus argumentos. Yo soy partidario de que hay que leer el relato hasta el final para poder juzgar.

-Lo que tú haces, no lo hace nadie, la mayoría actúan como Leopoldo, y es, que leídas diez cuartillas si el argumento no te dice nada, no creo que merezca la pena continuar leyendo. –

Pero eso es como analizar el carácter de una persona solo por su apariencia física y no me parece justo.- protestó Hugo Fernández.

-Hugo que no todos somos como tú, además, los concursantes no se van a enterar.

-Sigo opinando que eso no es jugar limpio.

-Tal vez tengas razón, pero no me negaras que desde hace unos años las obras que se presenta cada vez tienen menos calidad literaria –argumentó Carmen.

-Eso es verdad – afirmó Leopoldo- y es que hoy en día todos se creen ser escritores. Tú que te lees todas las obras ¿qué opinas?

-En eso tengo que daros la razón. La calidad del estilo literario ha bajado mucho y eso que a vosotros ya os pasó las obras que están mejores.

-¿Y no creéis que ha llegado del momento de replantearnos el poder declarar el premio desierto, si la calidad de los trabajos presentados no merecen llevárselo? ¿Qué opinas Hugo? Tú eres el experto.

-Sí, puede que tengáis razón, pero el premio ya está establecido dentro de los presupuestos municipales, y tenemos que pensar que al menos beneficiamos a los dos autores que quedan finalistas.

– Pero también hay que tener en cuenta que se premia la calidad, y no se concede un premio por compasión. -Argumento Leopoldo- Además, la finalidad de nosotros como jurados es dar a conocer un buen escrito, concederle una oportunidad a su autor, que por sí solo nunca podría conseguir.

– Los premios son muy importantes – reafirmó Hugo- es el reconocimiento que se da a los escritores noveles. Yo no puedo olvidar que me hice famoso gracias al premio que gane.

-No sea tan modesto, Hugo, -dijo Carmen admirada de la sencillez del escritor- puede que el premio te abriese el camino del reconocimiento en toda España, pero si te lo concedieron era porque se valoró la perfección de tu trabajo, una perfección que ha ido en aumento. Eres uno de los escritores más reconocidos, tus novelas siguen cautivándonos a todos. Eres un orgullo para nuestro pueblo.

-Bueno, bueno, ya sabéis que no me gustan las alabanzas. Aquí están los trabajos que he seleccionado para una segunda lectura. Cuando terminéis de leerlos ya me diréis cuales a vuestro juicio son las finalistas. Seguro que alguna obra será merecedora del premio.

-Eso es que tú ya tendrás alguna como favorita.

-Yo, que va, llegado a esta parte de selección, sabéis que quiero ser neutral. Mi trabajo consiste en desechar aquellas que no merecen vuestra atención. Hugo les entregó los manuscritos y continuó su camino, pero a pesar de haberse alejado unos pasos, aún pudo escuchar los últimos comentarios de sus compañeros.

-Así, que según estos trabajos que nos ha entregado Hugo, tendremos que leernos unos veinte a cada uno.

-A mí me parece que van a ser unos pocos más, según mis cálculos, tendremos que repartirnos unas treinta obras a cada uno.

-¡Madre mía! yo ya estoy cansada solo de pensarlo.

-No te quejes Carmen, que la peor parte se la lleva Hugo, lo que hace él si es que es un gran trabajo.

-Es verdad. Otro con su prestigio, seguro que no lo haría. Tendríamos que proponer al Ayuntamiento que le haga un monumento.

-Sí, es una buena idea. Mira en el próximo pleno lo voy a exponer. Hugo se lo merece todo. -Además, hay que tener en cuenta, que gracias a sus novelas el nombre de nuestra ciudad es conocido en el mundo entero.

Aquella noche, Hugo Fernández estaba deseando terminar cuanto antes de cenar para poder comenzar una lectura lenta y reposada de todas aquellas narraciones que habían quedado en su casa como trabajos desechables. Estaba muy contento, pues tenía por delante un buen material de inspiración para sus próximas novelas. Aquel era el gran secreto de Hugo Fernández.

Era verdad que hacía años había escrito una buena novela, hasta el punto de concederle el Premio Nacional de Literatura, lo que nadie sabía, ni tan siquiera podían sospechar de que con aquella novela se seco su inspiración, de la misma manera que se seca el manantial en tiempos de sequía. Por mucho que lo intentó ya jamás logró escribir una buena novela. Por eso necesitaba de aquellos manuscritos, era la sabía nueva que él precisaba para alimentar su improductivo cerebro. Aquellos trabajos desechables como había hecho creer a sus compañeros, eran muy buenos y desde hacía años extraía de aquellas narraciones el argumento para sus libros. Era un maestro en cambiar los lugares, los nombres y dar otro enfoque a la trama, pero la inspiración que era lo que a él le faltaba, ya se la habían dado aquellos autores, solo tenía que seguir su patrón. Necesitaba de aquellos manuscritos como se necesita el aire para respirar, sin ellos no era nadie. Muchos de aquellos autores eran realmente buenos, pero probablemente nunca llegarían a ver publicadas sus obras, sus talentos se perdería en el anonimato de la historia, sin embargo, sus relatos con otros nombres y otros lugares, vivirían para siempre, ya que habían servido de trampolín para las obras de Hugo Fernández.

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